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Si pasas mucho tiempo leyendo o escribiendo, toma en cuenta este consejo

Quien vive de escribir probablemente conozca bien la retahíla de consejos que se dan en torno a esta actividad. Hay consejos para escribir mejor, para ser más creativo, para “soltar” la pluma, para escribir sin adjetivos, para escribir con exceso de adjetivos, para enriquecer el vocabulario, para “podarlo”, para describir, para transcribir, para traducir, para imaginar, para sorprender al lector, para no aburrirlo, para concentrarse, para hacer anotaciones, para hilar ideas, para borrar ideas, para sintetizar, para abundar, para salir de un “bloqueo”, para entrar en uno, para hacer reír, para hacer llorar, para esconder lo que se quiere decir, para exhibirlo, para jerarquizar, para remitir, para burlarse de alguien, para elogiar a alguien, para escribir una carta, para escribir un poema, un ensayo, una novela, para imitar, para desmarcarse de una tradición, para ganar una beca, para despreciar los premios literarios… etcétera.

Como para cualquier otra práctica humana, para escribir hay consejos de todo tipo, dichos por las personas más variadas, con objetivos también múltiples. Pero en casi todos los casos hay una dimensión de la actividad de escribir que se olvida o no se tiene en cuenta: el cuerpo.

Escribir es un ejercicio sobre todo intelectual, pero no solamente. Cuando escribimos, nuestro cuerpo también está implicado y, como tal, sus posibilidades y en especial sus límites. 

Es difícil, o imposible, escribir más allá del cansancio, de la fatiga, más allá del hambre o de la sed, de la falta de sueño, en medio de la enfermedad, al mismo tiempo que se hace otra cosa (ducharse, por ejemplo, o durante un coito) y, por supuesto, es imposible escribir más allá de la muerte. Tomar en cuenta el cuerpo al escribir no parecer ser, después de todo, un asunto menor. 

Hace algunos años, el diario inglés The Guardian pidió a varios escritores que ofrecieran al público sus 10 consejos más importantes para ejercer esta disciplina. Jonathan Franzen, P. D. James, Neil Gaiman y otros respondieron a la encuesta. 

Y también lo hizo Margaret Atwood, una de las escritoras canadienses más importantes de las últimas décadas, que posee una obra sumamente variada: ha transitado por la ciencia ficción distópica (Oryx and Crake, 2003), la literatura fantástica de inclinaciones míticas (The Penelopiad, 2005), la novela policíaca (The Blind Assassin, 2000), la poesía, la crítica literaria, la novela gráfica (Angel Catbird, 2016) e incluso ha escrito libretos para ópera y otras obras musicales y escénicas. Por sus obras, además, ha ganado premios tan prestigiosos como el Booker Prize (uno de los más importantes en lengua inglesa) y hace unos años el Príncipe de Asturias en la categoría de literatura. Se trata, como vemos, de una mujer talentosa que ha pasado su vida escribiendo.

Entre los consejos que Atwood dio a The Guardian, sin duda el más peculiar es este:

5. Haz ejercicios de espalda. El dolor distrae.

En la lista se encuentran otros sobre cómo atraer la atención del lector, otros más bien irónicos sobre con qué y dónde escribir, pero es posible que, de todos, este sea el más sincero o, en cierto sentido, el más útil.

¿Por qué? En buena medida porque pocas personas que viven de escribir están habituadas a cuidar de su cuerpo y, por otro lado, menos todavía les recuerdan la importancia de hacerlo. Por muchos siglos la cultura occidental ha sostenido la división meramente ideológica entre cuerpo y mente (o cuerpo y espíritu, cuerpo y alma, cuerpo y conciencia, etc.), como si eso intangible de lo cual tenemos certeza aunque no vemos (i. e. nuestros pensamientos, nuestra producción intelectual), no dependiera también de un cuerpo para hacerse realidad. Entre otras consecuencias, esa división ha llevado también a un distanciamiento entre las actividades del cuerpo y las de la mente, como si el cultivo o la práctica de cada una fuera mutuamente excluyente con respecto a la otra. Así, el imperativo cultural nos hace creer que las personas instruidas no pueden ser también personas que practiquen alguna actividad física y, en el otro aspecto, que las personas atléticas no pueden ser también personas interesadas en su formación intelectual. 

Nada más falso, sin embargo. Y al menos en lo que respecta a las personas que viven de escribir, por esto puede resultar valioso el consejo de Atwood: nos recuerda que también la calidad del estado de nuestro cuerpo incide en la calidad de nuestra escritura.

Escribir es una actividad notablemente sedentaria y, por ello, es necesario prevenir los efectos nocivos sobre nuestra salud. Con ejercicios para la espalda, estiramientos y comiendo alimentos ricos en fibra y proteínas, bebiendo la cantidad recomendada de agua. También, con miras al mediano y largo plazo, es importante cuidar de la salud ocular, de la de nuestro corazón y la de nuestro sistema nervioso.

En suma, cuidar del cuerpo.

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Como apunte final vale la pena rescatar otro consejo dado en aquel artículo de The Guardian, éste por Jonathan Franzen:

8. Es dudoso que cualquiera con una conexión a Internet en el lugar donde trabaja esté escribiendo buena ficción.

Más allá de la glosa amplia o breve que podría hacerse de esta afirmación, hay al menos un elemento que destaca en el consejo de Franzen por coincidir con el de Atwood: la distracción. Ambos escritores nos previenen, sutilmente, contra la distracción, acaso el principal enemigo de la escritura. 

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

Imagen principal: San Girolamo, Caravaggio (1606)

La inteligencia emocional puede ser un síntoma de psicopatía

Salud

Por: PijamaSurf - 09/13/2017

De acuerdo con Adam Grant, escritor para el periódico The Atlantic, la Inteligencia emocional posee un lado oscuro: la facilidad de manipular a la gente

Cuando en 1990 los psicólogos Peter Salovey de la Universidad de Yale y John Mayer de la Universidad de New Hampshire introdujeron el concepto de inteligencia emocional (IE), que en 1995 fue popularizado por Daniel Goleman, se trataba de un grupo de herramientas cognitivas y conductuales para apreciar y expresar de manera adecuada las emociones propias y las de otros. Con el paso del tiempo, la IE evolucionó en:

la capacidad de motivarnos a nosotros mismos, de preservar el empeño a pesar de las posibles frustraciones, de controlar los impulsos, de diferir las gratificaciones, de regular nuestros propios estados de ánimo, de evitar que la angustia interfiera con nuestras facultades racionales y la capacidad de empatizar y confiar en los demás.

Es decir, tanto la capacidad de formar un modelo realista y preciso de uno mismo para tener acceso a los sentimientos propios y usarlos como modelo de conducta (inteligencia intrapersonal), como la capacidad de comprender a los demás (sus motivaciones, operaciones, relaciones) al reconocer sus reacciones ante el humor, temperamento y emociones (inteligencia interpersonal).

Fue de esta manera que la IE se convirtió de pronto en un sinónimo de la madurez emocional, en un estado sentimental ideal para enfrentar cualquier situación crítica de la vida cotidiana, por lo que se popularizó la idea de que la persona que poseyera esta inteligencia tendría las habilidades para “reconocer el poder de las emociones”, convertirse en “uno de los líderes con mayor influencia” y ser capaz de “solucionar gran parte de los problemas sociales”. En consecuencia se proyectó todo un sistema educativo en escuelas de negocios, medicina y nivel media superior, integrando elementos básicos de la IE. Sin embargo, ¿un alto coeficiente en este tipo de inteligencia reduce la psicopatía y mala intencionalidad en las personas?

De acuerdo con Adam Grant, escritor para el periódico The Atlantic, la Inteligencia emocional posee un lado oscuro: la facilidad de manipular a la gente. Para él:

cuando se es bueno controlando las emociones propias, se pueden disfrazar las emociones verdaderas. Cuando se conocen las emociones de los otros, se pueden manejar al antojo de uno y motivarlos a actuar en contra de sus propios y mejores intereses.

Con el fin de justificar esta hipótesis, Grant retoma una serie de estudios realizados por diversos investigadores:

Primero recupera la investigación del profesor Jochen Menges de la Universidad de Cambridge, quien llegó a la conclusión de que después de que un líder diera un discurso inspirador cargado de emoción la audiencia no solía recordar el contenido del mensaje, pero lo consideraba como el más memorable entre cualquier discurso anteriormente escuchado. Este fenómeno, explica Menges, sucedió durante los efusivos discursos de Hitler, quien generaba un impacto mediante su habilidad de expresar sus emociones de manera estratégica –“abriéndose de corazón”– logrando que sus seguidores “dejaran de pensar críticamente y sólo se emocionaran”. Con esto se quiere decir que hay personas, en especial muchos líderes, que saben dominar las emociones que pueden “robar” la capacidad de razonar de otros.

Continúa con la investigación del psicólogo canadiense de la Universidad de Toronto, Stéphane Côté, en donde empleados de la universidad rellenaron un test acerca de tendencias maquiavélicas y otro sobre el conocimiento de estrategias efectivas para regular las emociones. Ahí se demostró que mientras mayor sea el conocimiento sobre la regulación de emociones, eran más proclives a realizar conductas de desprecio y abuso hacia sus compañeros con el único fin de sacar provecho personal. Es decir, que usan sus habilidades emocionales para manipular a otros.

Como tercera data científica, Grant retoma el estudio realizado por el profesor Martin Kilduff del University College de Londres, expresando que la inteligencia emocional ayuda a las personas a disfrazar sus propias emociones para expresar otras para beneficios personales. En palabras del equipo de Kilduff:

Las personas con inteligencia emocional estructuran intencionalmente sus emociones para fabricar impresiones favorables de ellos mismos. Este disfraz estratégico de las emociones propias y la manipulación de las emociones de otras personas para fines estratégicas son conductas que no se evidencian tan sólo en las obras de Shakespeare, sino también en oficinas y pasillos en donde el poder y la influencia son primordiales.

Es una realidad que sucede en espacios familiares, escolares, laborales o amorosos. Las personas con inteligencia emocional sin filtros de empatía ni responsabilidad social tienden a llevar al límite a los otros para conseguir fines personales, resultando en ocasiones en manipulación, abuso psicológico, mobbing, bullying, humillaciones, entre otros. Incluso hay quienes definen estos síntomas como narcisismo maligno o psicopatía, trastornos de personalidad que, de acuerdo con los psicólogos Dana Joseph de la Universidad de Central Florida y Daniel Newman de la Universidad de Illinois, pertenecen a individuos que tienden a elegir carreras como ventas, agentes del Estado, representativos de call centers y consejeros, entre otros.